En un día de trabajo particularmente ajetreado hace unos meses, miré mi teléfono y me encontré con tres llamadas perdidas de un número desconocido. Devolví la llamada esa misma tarde de camino al aeropuerto, mientras la ciudad inquieta desaparecía rápidamente por el espejo retrovisor del taxi; al otro lado del teléfono estaba el administrador de mi bloque, explicándome que mi piso de alquiler en Londres salía al mercado. Y las solicitudes de visita ya estaban llegando a raudales.
El siguiente fin de semana regresé a Londres y descubrí que mi piso ya estaba alquilado, me habían entregado la notificación de fin de alquiler y me esperaba una agónica búsqueda de un nuevo piso. Lo que no sabía entonces era que este inconveniente (cualquiera que haya alquilado en Londres puede dar fe de que buscar piso resulta otro trabajo a tiempo completo) acabaría ofreciéndome algunos pequeños e inesperados momentos de alegría.
Avancemos un mes más o menos: estoy en plena mudanza, haciendo y deshaciendo cajas frenéticamente, tratando de decidir si tiene sentido conservar todo tipo de cosas que me han seguido de un capítulo de mi vida a otro. Hasta que, escondido en un rincón oculto de mi dormitorio, encuentro algo que había olvidado por completo. Unos cuantos carretes de fotos sin revelar que cayeron en una esquina polvorienta, probablemente al deshacer maletas apresuradamente después de unas vacaciones.
Recién salidas del laboratorio fotográfico un par de semanas después, tenía en mis manos imágenes de amigos en balcones y fotos grupales donde nadie mira exactamente a cámara. Esos momentos resultaban extrañamente íntimos. Sin un carrete digital infinito. Sin la presión de elegir LA foto. No eran, ni de lejos, fotos «buenas», pero esos recuerdos eran perfectos en su caos. Y, de repente, recordé el placer de vivir en analógico, de tener algo tangible en mis manos para dejar constancia de un viaje reciente, recordar un momento olvidado con amigos o incluso disfrutar de una foto mía que una vez pensé que odiaría (aunque ahora no recuerdo muy bien por qué). Y resulta que no soy la única que siente esta atracción. Basta con echar un vistazo a las redes para verlo: las cámaras de película reaparecen, los vinilos reemplazan a las listas de reproducción, los clubes de lectura se llenan... los hashtags nalogica" y "camaranalogica" crecen sin parar.