Inspiración

Por qué la Generación Z está volviendo a las cámaras de carrete y a las fotos impresas

Una mudanza propició el hallazgo de unos carretes olvidados, y nos hizo recordar que, a veces, los mejores recuerdos son los que puedes sostener en tus manos

Ella Mansell

2 abr 20266 min

Countryside with blooming white flowers, distant hills, and a castle on the horizon surrounded by greenery under a clear sky.
Countryside with blooming white flowers, distant hills, and a castle on the horizon surrounded by greenery under a clear sky.

En un día de trabajo particularmente ajetreado hace unos meses, miré mi teléfono y me encontré con tres llamadas perdidas de un número desconocido. Devolví la llamada esa misma tarde de camino al aeropuerto, mientras la ciudad inquieta desaparecía rápidamente por el espejo retrovisor del taxi; al otro lado del teléfono estaba el administrador de mi bloque, explicándome que mi piso de alquiler en Londres salía al mercado. Y las solicitudes de visita ya estaban llegando a raudales.

El siguiente fin de semana regresé a Londres y descubrí que mi piso ya estaba alquilado, me habían entregado la notificación de fin de alquiler y me esperaba una agónica búsqueda de un nuevo piso. Lo que no sabía entonces era que este inconveniente (cualquiera que haya alquilado en Londres puede dar fe de que buscar piso resulta otro trabajo a tiempo completo) acabaría ofreciéndome algunos pequeños e inesperados momentos de alegría.

Avancemos un mes más o menos: estoy en plena mudanza, haciendo y deshaciendo cajas frenéticamente, tratando de decidir si tiene sentido conservar todo tipo de cosas que me han seguido de un capítulo de mi vida a otro. Hasta que, escondido en un rincón oculto de mi dormitorio, encuentro algo que había olvidado por completo. Unos cuantos carretes de fotos sin revelar que cayeron en una esquina polvorienta, probablemente al deshacer maletas apresuradamente después de unas vacaciones.

Recién salidas del laboratorio fotográfico un par de semanas después, tenía en mis manos imágenes de amigos en balcones y fotos grupales donde nadie mira exactamente a cámara. Esos momentos resultaban extrañamente íntimos. Sin un carrete digital infinito. Sin la presión de elegir LA foto. No eran, ni de lejos, fotos «buenas», pero esos recuerdos eran perfectos en su caos. Y, de repente, recordé el placer de vivir en analógico, de tener algo tangible en mis manos para dejar constancia de un viaje reciente, recordar un momento olvidado con amigos o incluso disfrutar de una foto mía que una vez pensé que odiaría (aunque ahora no recuerdo muy bien por qué). Y resulta que no soy la única que siente esta atracción. Basta con echar un vistazo a las redes para verlo: las cámaras de película reaparecen, los vinilos reemplazan a las listas de reproducción, los clubes de lectura se llenan... los hashtags nalogica" y "camaranalogica" crecen sin parar.

Foto: Ella Mansell

Fotos: Ella Mansell

Esos momentos resultaban extrañamente íntimos. Sin un carrete digital infinito. Sin la presión de elegir LA foto. Esos recuerdos eran perfectos en su caos

No domino el zodiaco chino, pero creo que tiene algo de irónico que 2026 sea el Año del Caballo (un símbolo de impulso hacia adelante y progreso) mientras que, culturalmente, parece que miramos hacia atrás.

Primero llegó el renacimiento de 2016: una nostalgia suave por los filtros, las fotos de comida con grano y los feeds menos cuidados. Ahora es algo más profundo y permanente: un giro hacia lo analógico. No es un rechazo total a la vida digital, sino una especie de ajuste. Quizás todos estamos buscando un mejor equilibrio cotidiano entre lo online y lo físico. Bueno, yo definitivamente lo necesito.

Para algunos, eso se traduce en una cita nocturna sin la última serie de moda en Netflix, y cambiar las pantallas por algo manual y creativo. Para otros, es apuntarse a un club de artesanía o escribir en un diario cada mañana. Lo que está claro es que esto no es una moda pasajera; parece más bien un cambio de estilo de vida. Dentro de esta tendencia, las librerías y los clubes de lectura están recuperando su popularidad y estatus social: «La gente quiere profundidad, quiere salir de las pantallas y disfrutar del placer de terminar algo», explican desde una librería de Londres. «Las librerías físicas son más importantes que nunca: no son solo espacios comerciales, son espacios de atención, lugares que ralentizan el tiempo y hacen que la lectura vuelva a tener algo de social».

Fotos: Ella Mansell

Lo analógico ofrece resistencia en una época en la que tenemos la obsesión (o quizás solo costumbre) del acceso instantáneo: la última película, las últimas noticias o la story de Instagram de alguien con quien no has hablado en años. Quizás queremos recuperar un poco de esa resistencia o contacto con la realidad. La sensación de hojear un viejo álbum de fotos con el café de la mañana, la tranquilidad de mirar una página que no se actualiza cada vez que la abres.

Foto: Ella Mansell

Quizás queremos recuperar un poco de esa resistencia o contacto con la realidad. La sensación de hojear un viejo álbum de fotos con el café de la mañana, la tranquilidad de mirar una página que no se actualiza cada vez que la abres

Foto: Ella Mansell

Foto: Ella Mansell

Es importante destacar que la vida analógica nos permite decidir si compartimos las cosas, cómo lo hacemos y con quién. Según un estudio, en los últimos años los jóvenes de entre 16 y 24 años están publicando menos en sus muros que en años anteriores, y muchos más están convirtiendo sus perfiles sociales en cuentas privadas. Llevé mis fotos reveladas a la casa de unos amigos y las miramos, riendo con una botella de vino. Fue agradable compartirlas así, en lugar de enviar una etiqueta de Instagram. ¿Dejaré alguna vez los medios digitales o Instagram? Probablemente no, creo que es una forma increíblemente rica de conectar con el mundo. Pero es bueno recordar otros medios, y yo había olvidado cuánto me gustaba observar fotografías impresas que fueran mías.

Las fotos de esos carretes olvidados están ahora pegadas en la nevera de mi nuevo piso, sujetas con imanes chillones y desparejados que he coleccionado de diferentes rincones del mundo. Las únicas personas que las ven son amigos cercanos que vienen a cenar. Aun así, en pequeños momentos, como cuando voy a por mantequilla por la mañana, me hacen recuperar estos recuerdos. Antes nos enorgullecíamos de nuestra fluidez digital y de los seguidores; ahora parece innegable que hay un mayor interés en volver al mundo físico para verlo desplegarse en tiempo real. Y resulta agradable plasmarlo con algo tangible: una fotografía enmarcada, un fotolibro impreso... algún tipo de registro que también exista fuera de la pantalla.

Esto puede sonar extraño (o incluso obvio, o tal vez triste) para las generaciones mayores, pero se dice que la Generación Z pasa una media de 9 horas al día frente a las pantallas, impulsada por trabajos, estudios y vidas sociales que han migrado a estos medios. A veces, la enorme oferta y el parloteo constante sobre «tendencias» y «viralidad» resulta demasiado, así que creo que este cambio es refrescante. Igual que lo fue encontrar esas fotos de carrete.

¿Y lo mejor de esas fotos? Que primero tuve que vivir de verdad el momento.

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