Historias

Dentro del mar: fotografiar las olas desde el agua

Un fotógrafo oceánico profesional reflexiona sobre rendirse al mar, perseguir el amanecer y lo que ocurre cuando dejas de pensar y permites que el instinto guíe el obturador

Nick Pumphrey

23 jun 20267 min

Dentro del mar: fotografiar las olas desde el agua
Dentro del mar: fotografiar las olas desde el agua

Nick Pumphrey lleva fotografiando el mar de Cornualles desde su adolescencia; aquí reflexiona sobre lo que sigue haciendo que vuelva una vez tras otra.

La primera luz en el mar es, y siempre será, el momento cumbre para mí. Por la mañana, sientes el frío en el aire y en el agua. La luz es azul, y los sonidos son suaves y mínimos. Esas primeras fotografías contienen todas estas cualidades: el frío, el silencio, la calma. La superficie refleja lo que hay arriba, con rosas, púrpuras y rojos que se funden en una paleta infinita de azul.

Amanecer, playa de Porthmeor, Cornualles. Foto: Nick Pumphrey

El canto y el vuelo de los pájaros preceden al sol naciente, mientras que la piel del mar, arrastrada y rasgada por el viento de primera hora, mantiene mi atención alerta a medida que las primeras luces danzan sobre la superficie y me deslumbran. Observo a través del objetivo cómo la escena me insta a pulsar el obturador. Es en estos momentos cuando el tiempo se detiene: una inmersión total en el presente, donde mi experiencia, mi fotografía y el mundo natural se fusionan. Un momento que jamás podrá repetirse. Algo real y fugaz, y que vale completamente la pena.

Primera luz, St Ives. Foto: Nick Pumphrey

Mike Lay, Cornualles occidental. Foto: Nick Pumphrey

Jacob Down, playa de Porthmeor, Cornualles. Foto: Nick Pumphrey

No hay dos olas que rompan igual, ni siquiera en el mismo sitio; recuerdo haber leído esto en una revista de surf australiana cuando era adolescente. Hasta ese momento nunca se me había ocurrido algo así, pero la idea se me quedó grabada. Una especie de recordatorio de que el mar es un sujeto en constante cambio. Empecé a hacer surf a los 11 años, y con ello llegó el mundo de las revistas de surf. Aún puedo recordar la emoción de pasar las páginas y perderme en las increíbles fotografías que las llenaban; imágenes de las olas más asombrosas y de destinos remotos, desde Filipinas hasta Indonesia. Parecían irreales, de un mundo totalmente distinto... que capturó mi imaginación por completo. Ahora reconozco que aquellos primeros años de asombro y pasión sentaron las bases de lo que soy hoy.

Es en estos momentos cuando el tiempo se detiene: una inmersión total en el presente, donde mi experiencia, mi fotografía y el mundo natural se fusionan

Harry de Roth, Indonesia. Foto: Nick Pumphrey

Expresión, Mike Lay. Foto: Nick Pumphrey

Nick Pumphrey

Nunca imaginé que fotografiar el océano llegaría a ser tan magnético. Como la mayoría de las personas que aprenden a usar una cámara, simplemente la apuntaba a lo que tuviera delante. Pero a medida que pasaba el tiempo y mi relación con el surf se volvía más profunda, también lo hacía mi conexión con la fotografía en el mar. En los primeros tiempos me concentraba en observar y capturar el surf. Al principio, eso significaba usar teleobjetivos y disparar desde varios ángulos en tierra, una actividad que, si soy sincero, a menudo resultaba frustrante. Estar de pie bajo el calor, esperando y confiando en que surgiera un momento que valiera la pena conservar. Todo cambió cuando conseguí mi primera carcasa acuática. Si la fotografía de tierra era bidimensional, la de agua era tridimensional. De repente, me encontraba dentro de la experiencia, justo al lado de los surfistas. Venían directos hacia mí, por encima de mí, a mi alrededor. Todo se volvió emocionante: un desafío trepidante y en constante cambio.

Jacob Down, playa de Porthmeor, Cornualles. Foto: Nick Pumphrey

El surf es único porque la ola dicta lo que el surfista hace en cada instante. Implica una serie de reacciones espontáneas a una energía que cambia de forma, sin tiempo para pensar: solo memoria muscular y años de experiencia fluyendo al máximo. Pienso en esto a menudo cuando estoy ahí fuera, flotando en la vasta extensión que hace que todo sea posible, presenciando esta danza particular y, al mismo tiempo, intentando capturar estos momentos fugaces dentro de un lienzo en movimiento. Es mágico en muchos niveles.

Bajo la turbulencia, James Hardy. Foto: Nick Pumphrey

Fotografiar olas en el mar te da muchas lecciones, y aprender a rendirte es una de las más grandes. El mar se mueve y yo me muevo con él; me dejo llevar, permitiendo que mi sujeto y mi lienzo dicten mi composición y mi posición. Nado por debajo de las olas con los ojos bien abiertos, buscando el espacio entre el lecho marino y la turbulencia de arriba. Luego, emerjo a la superficie, me resitúo, compongo y me concentro en la siguiente ola que se aproxima en toda su magnificiencia y movimiento.

Fotografiar olas en el mar te da muchas lecciones, y aprender a rendirte es una de las más grandes

Con el dedo en el obturador y sin tiempo para pensar; solo la experiencia y la intuición guían la decisión de hacer la foto o no. Si no estoy en el lugar adecuado, me consuela saber que la siguiente ola podría llevarme allí. Es una búsqueda extraña y gratificante, una que me recuerda la alegría que habita en la creatividad y en la naturaleza, y cómo desprenderse de las expectativas abre la posibilidad de que ocurra algo verdaderamente mágico.

Surf al anochecer, Jess Bouvier. Foto: Nick Pumphrey

Nick Pumphrey

El océano me lo ha dado todo. Es donde puedo estar en calma, y donde puedo entregar toda mi energía. Me ha moldeado como la persona que soy hoy y me ha brindado amistades para toda la vida: desde los jóvenes que apenas empiezan a abrirse camino en el agua hasta los mayores que siguen ahí fuera. Me encanta compartir este espacio con todos ellos. Conocer a personas con la misma mentalidad es parte de la experiencia. Sin el mar, muy probablemente me vendría abajo. Me mantiene cuerdo y con los pies en el suelo en un mundo salvaje, me da un propósito creativo y mantiene mi cuerpo en movimiento. El océano está ahí para todos nosotros; creo que en el fondo lo sabemos. Todo el mundo se siente atraído por el mar, ya sea para estar dentro de él o a su lado. Todos estamos, de alguna manera, fascinados por él.

Días de amanecer. Foto: Nick Pumphrey

Me ha guiado a través de muchas etapas de mi vida. En la primavera de 2020, durante una época de especial confusión, miedo y cambio, me volqué en el mar. Cada mañana me levantaba antes del amanecer, me ponía el neopreno, cogía las aletas y la carcasa de la cámara, y entraba en el agua para vivir la hora azul hasta justo después de la salida del sol. Sin reglas, sin encargos; solo las leyes de la naturaleza y el acto de estar presente, reaccionando a lo que apareciera a través del objetivo. Durante aquellas semanas aprendí que podía existir plenamente en el momento, que no necesitaba pensar demasiado. Instantes de una magnitud efímera estaban en constante flujo, dando paso cada uno al siguiente en un continuo ininterrumpido de posibilidades creativas. Puse un nombre a esta práctica: los amaneceres de mayo.

Lo que me sorprendió fue lo contagioso que resultó proyecto. A nivel local, un pequeño grupo empezó a unirse a mí, creciendo de forma constante a lo largo de ese mes. Y como compartía las imágenes y mis reflexiones en las redes sociales, las respuestas no dejaban de llegar: mensajes, comentarios, todos ellos afectuosos y llenos de energía. Me pareció algo silenciosamente extraordinario que algo tan instintivo y personal para mí estuviera calando de forma tan profunda en los demás. Demostró lo poderosas que pueden ser nuestras acciones, incluso las más sencillas.

Todo es energía, y el océano está lleno de ella. Las tormentas pasan y crean olas; pequeñas al principio, pero que con la distancia y el tiempo se organizan en grandes marejadas. Las olas, tal como las vemos, son esencialmente energía hecha visible. Me encanta esa idea. Cuando apunto mi cámara hacia ellas me siento maravillado, en el lugar donde soy más feliz.

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