Me ha guiado a través de muchas etapas de mi vida. En la primavera de 2020, durante una época de especial confusión, miedo y cambio, me volqué en el mar. Cada mañana me levantaba antes del amanecer, me ponía el neopreno, cogía las aletas y la carcasa de la cámara, y entraba en el agua para vivir la hora azul hasta justo después de la salida del sol. Sin reglas, sin encargos; solo las leyes de la naturaleza y el acto de estar presente, reaccionando a lo que apareciera a través del objetivo. Durante aquellas semanas aprendí que podía existir plenamente en el momento, que no necesitaba pensar demasiado. Instantes de una magnitud efímera estaban en constante flujo, dando paso cada uno al siguiente en un continuo ininterrumpido de posibilidades creativas. Puse un nombre a esta práctica: los amaneceres de mayo.
Lo que me sorprendió fue lo contagioso que resultó proyecto. A nivel local, un pequeño grupo empezó a unirse a mí, creciendo de forma constante a lo largo de ese mes. Y como compartía las imágenes y mis reflexiones en las redes sociales, las respuestas no dejaban de llegar: mensajes, comentarios, todos ellos afectuosos y llenos de energía. Me pareció algo silenciosamente extraordinario que algo tan instintivo y personal para mí estuviera calando de forma tan profunda en los demás. Demostró lo poderosas que pueden ser nuestras acciones, incluso las más sencillas.
Todo es energía, y el océano está lleno de ella. Las tormentas pasan y crean olas; pequeñas al principio, pero que con la distancia y el tiempo se organizan en grandes marejadas. Las olas, tal como las vemos, son esencialmente energía hecha visible. Me encanta esa idea. Cuando apunto mi cámara hacia ellas me siento maravillado, en el lugar donde soy más feliz.