Apenas cruzar la puerta de la casita de adobe con mi equipaje, eché mano de mi cámara y me dirigí hacia la costa. Llevaba tiempo contando en silencio los días que faltaban para esta escapada mexicana y cada minuto me parecía demasiado valioso para desperdiciarlo. La Saladita, un tranquilo pueblo de la costa del Pacífico de México, me había atraído de nuevo. Quería capturar el paisaje y el ritmo pausado del día a día que definen este tramo de costa. Es un lugar que recompensa a quienes están dispuestos a bajar las revoluciones, ya que ofrece cada día algo diferente: la luz cambiante, su gente o los momentos de calma que se desenvuelven a lo largo de la orilla.
A México no le faltan pueblos costeros hermosos, cada uno moldeado por su propio paisaje y tradiciones. La Saladita alberga apenas a unos cientos de residentes, y es un rincón apacible conocido por tener uno de los point breaks hacia la izquierda más largos de América. Las olas se abren de forma aparentemente interminable a lo largo de la costa, y atraen a practicantes de longboard de todo el mundo para compartir el agua con los lugareños, que conocen cada palmo del mar. Tenía diez días para integrarme en la vida de aquí, que no tardó mucho en empezar a depender totalmente del océano. Mi casita estaba a solo cinco minutos a pie de la playa, y el centro quedaba apenas un poco más lejos, lo que facilitaba dejarse llevar por el ritmo relajado del lugar. La única interrupción venía del calor del mediodía, que rozaba con frecuencia los 40 °C. En poco tiempo, los madrugones, los baños en el mar, las Coronas frías y las siestas de la tarde pasaron a formar parte de mi rutina diaria.