El proyecto fotográfico implicaba que tendría que vestir ligera: ropa interior elegante pero atlética de color rosado. Dar el paso de vivir la mayor parte de mi vida ocultando mi piel, esforzándome para que no la vieran, a llevar tan poca ropa en un espacio extraño me hizo sentir nerviosa.
Durante un instante incluso me planteé si estaba haciendo lo correcto. ¿Qué pasa si las imágenes acaban en la prensa? ¿Qué dirán mis compañeros de trabajo si las ven? Y lo más difícil de todo: ¿cómo me sentiré si alguien las cuelga en Internet y se ríen de mí? Incluso con todo ese vendaval de pensamientos, no me detuve, porque sabía que ese era el momento en que podía dar, por fin, un paso adelante. La cosa no iba de vanidad, sino de empoderarme a mí misma y a otras personas, y mostrar que en la vulnerabilidad hay fuerza.
Para la sesión, me dejé el pelo al natural y usé poco maquillaje para facilitar que surgiera la visión de la fotógrafa. Mechones suaves y rizados enmarcaban mi cara, cubierta solo por una base de maquillaje muy suave y colorete, y mis labios lucían su color natural, que resaltaba de forma sutil mis rasgos. Cuando llegó el momento de ponerme frente a la cámara, me dije: «Tú puedes». Y tras un momento con mis pensamientos, avancé hacia el escenario y entré en mi personaje mientras oía clics de cámara en rápida sucesión.