La privacidad del confinamiento me inspiró a tomar el control de la situación. Estaba al tanto de las influencers de fitness y de cómo documentaban su propia pérdida de peso a través de series de fotografías, ostensiblemente para seguir su progreso, pero inevitablemente para que compraras lo que vendían. Seguí a unas cuantas, compré unas pesas ligeras y un sujetador deportivo, y me puse manos a la obra. Le pedí a mi novio de entonces que me hiciera la que hoy es una foto realmente vergonzosa: yo de pie en el pasillo, una de frente y otra de lado, con los brazos levantados. Ver cómo se veía mi cuerpo en una imagen sin posar, con sujetador deportivo y mallas, fue mortificante. Pero no estoy segura de si realmente creía que algo fuera a cambiar mucho.
Durante los meses siguientes, hice ejercicio todos los días, alcanzando más de 100 días seguidos. Para mí, entrenar era una forma de estructurar mis días en esta nueva y loca normalidad: me despertaba, entrenaba, me duchaba y luego empezaba mi jornada laboral. Después de un mes así, le pedí a mi novio que volviera a hacerme las fotos. No veía una gran diferencia, pero la báscula decía que había perdido algunos kilos.
La monotonía del confinamiento hizo que continuara y, en pocos meses, empecé a ver progresos tangibles tanto en la báscula como en las fotos. Pronto estaba haciendo montajes comparativos para ver exactamente cómo había cambiado mi cuerpo. Tener un objetivo por el cual trabajar hacía que los entrenamientos fueran más divertidos y me espoleaba a seguir.
En julio alcancé mi peso ideal, seis kilos y una talla menos. Pero un pequeño monstruo se había despertado en mi interior. De repente, quería perder más peso y me obsesioné con mi porcentaje de grasa corporal y la posibilidad de tener abdominales visibles. Me hacía fotos casi a diario, moviendo el espejo a diferentes posiciones de la casa para conseguir una toma mejor, aprovechando la llamada «hora dorada» para que la iluminación fuera perfecta. Compré ropa de gimnasio nueva, de la que veía a las influencers, para intentar parecerme aún más a ellas. Compartía fotos en mis stories de Instagram, impulsada por los mensajes: «¿Cómo lo has hecho?», «Estás increíble, bien hecho».