«Lo importante es el viaje, no el destino». Es algo que me repito una y otra vez en cuanto salgo de casa y emprendo el camino hacia alguna maravilla lejana al otro lado del planeta. Viajar es, ante todo, movimiento, pero rara vez nos detenemos a apreciar los placeres de vivir en ese transcurso en lugar de centrarnos solo en el resultado. Al contrario, solemos quejarnos de los contratiempos: vuelos retrasados, trenes cancelados y taxis que llegan tarde para ir al aeropuerto. Pero eso es parte de la gracia, ¿no? Sin el esfuerzo, el estrés y las sorpresas inesperadas, viajar sería sencillamente aburrido.
En fotografía, crear un diario (ya sea visual o escrito) convierte los recuerdos en historias. Para quienes están detrás del objetivo, esto significa apreciar toda la puesta en escena en lugar de centrarse solo en la toma final. Piensa en ello como vivir constantemente en una especie de limbo creativo entre el trayecto y el destino. Al igual que en una película, el desarrollo supera a la resolución final, y eso es parte de capturar el encanto global del viaje.
Toma como ejemplo los viajes en avión. Desde el momento en que te despiertas, la emoción crece hasta que llegas al mostrador de facturación. Ese subidón de adrenalina se transforma de repente en una sensación de alivio en cuanto despegas y ves cómo el mundo, ahí abajo, se convierte en un mar de nubes. Es como si todos los problemas de la vida dejaran de importar, y eso es parte de la emoción.