Historias

Cómo recorrer la misma calle dos veces puede cambiar tu forma de verla

Una fotógrafa explica por qué regresar a lugares familiares, en lugar de visitar siempre lugares nuevos, permite capturar imágenes más profundas y significativas

Woman with long hair wearing sunglasses, a floral top, and a beige coat, smiling outdoors in a sunny setting.

8 abr 20268 min

Cómo recorrer la misma calle dos veces puede cambiar tu forma de verla
Cómo recorrer la misma calle dos veces puede cambiar tu forma de verla

Siempre hay un tramo de calle que acaba siendo tuyo. No porque sea el más grandioso o el más fotografiado, sino porque lo has cruzado las veces suficientes para que se ablande hasta volverse conocido. La primera vez es paisaje. La segunda, orientación: empiezas a comprender cómo conecta un punto de referencia con otro. Para la quinta o sexta vez, empieza a albergar algo más discreto, una acumulación de pequeñas observaciones: qué portal recibe primero la luz, qué cafetería abre antes, dónde se estrecha la acera sin previo aviso.

Para mí, los primeros encuentros con una ciudad tienden a ser expansivos. El instinto es cubrir terreno, ver muchas cosas y coleccionar barrios como si fuera posible cubrirlos todos. A menudo existe una presión sutil por visitar un lugar «correctamente» y no dejar ningún rincón sin explorar. Mi primer libro sobre Londres siguió ese impulso: de barrio en barrio, haciendo largos arcos a través del mapa, con días estructurados en torno a la distancia más que a la profundidad. Pero con cada proyecto posterior (París, Nueva York, Dublín y Ámsterdam), estreché el radio de acción. No de forma intencionada, sino por impulso... y quizás por confianza. La confianza de que regresar a la misma calle revelaría más que explorar siempre sitios nuevos.

Dublín. Fotos: Siobhan Ferguson

Dublín

Dublín

Londres

Londres

En Dublín, me atrapó el paseo entre una librería y un pub familiar, que hice a diferentes horas y con distinto clima. En Londres, un tramo de Bermondsey Street al que regresé repetidamente hasta que ya no necesité consultar el mapa. En Roma, la ruta corta entre Campo de’ Fiori y el Panteón, trazada tan a menudo que empezó a parecer más un ritual que una ruta. La geografía se hizo más pequeña, y la mirada, más profunda.

A menudo existe una presión sutil por visitar un lugar «correctamente» y no dejar ningún rincón sin explorar, pero regresar a la misma calle puede revelar todavía más cosas que explorar siempre sitios nuevos

Si estás visitando un lugar nuevo, puede ser tentador resistirse a esta reducción de tu visita. Sin embargo, hay valor en elegir un tramo manejable y recorrerlo más de una vez. A diferentes horas del día, sin auriculares, sin urgencia. La primera pasada te servirá para orientarte. La segunda puede que te permita levantar la vista. Para la tercera, quizás empieces a notar qué ha cambiado... o qué sigue igual.

Las ciudades cambian lentamente: un cartel se repinta; una tienda cambia de dueño; la hiedra se espesa sobre el ladrillo; una farola brilla con más calidez frente a la piedra invernal; un café reubica sus mesas apenas unos centímetros. Los cambios son lo suficientemente sutiles como para pasarlos por alto a menos que hayas recorrido la misma ruta antes. La repetición se convierte en una forma de ver esos cambios, de entender un lugar no como una imagen fija, sino como algo suavemente en movimiento. Mientras tanto, quien camina, rara vez es la misma persona.

Roma. Foto: Siobhan Ferguson

Con el tiempo, acercamos el plano. Calles enteras dan paso a fachadas. Las fachadas a contraventanas. Una plaza se reduce a una sola mesa bajo un toldo. Con el tiempo, una ciudad puede caber en algo tan modesto como una taza de expreso sobre una mantelería blanca. Si llevas una cámara, este cambio suele ocurrir de forma natural. El plano general de situación al principio resulta satisfactorio. Más tarde, es posible que te sientas atraído por el detalle: el borde desgastado de un escalón, la forma en que la luz se acumula brevemente sobre la piedra. Permitir esa progresión en lugar de forzarla puede cambiar tu forma de ver el entorno.

La repetición se convierte en una forma de leer los cambios en la ciudad, de entender un lugar no como una imagen fija, sino como algo suavemente en movimiento

París. Foto: Siobhan Ferguson

Roma. Foto: Siobhan Ferguson

Cualquiera que haya abierto un viejo álbum de fotos reconocerá la sensación. El fondo parece estable (la misma casa, la misma calle, la misma tienda de la esquina), pero la persona que está allí ha cambiado de formas que solo el tiempo revela. Las fotografías son engañosas en ese sentido. Sugieren permanencia, pero si miras más de cerca, notas los pequeños cambios. El escenario puede parecer constante, pero el contexto se ha desplazado.

Regresar a una calle familiar conlleva una sensación similar. Los adoquines siguen en su lugar y los escaparates reflejan el mismo tramo del cielo; sin embargo, el ritmo ha cambiado. Lo que antes exigía ser capturado en su totalidad, ahora invita a prestar atención a los fragmentos. Un enfoque práctico, si estás documentando un lugar a lo largo del tiempo, es situarte casi en la misma posición en cada visita. Observa qué entra en el encuadre que no estuviera allí antes. Observa, también, lo que eliges excluir.

La repetición no hace que un lugar sea menos importante, sino que permite profundizar en él. Las rutas transitadas varias veces dejan de parecer un descubrimiento para convertirse en un reconocimiento personal. La ciudad ya no está actuando para ti; simplemente está presente, y tú estás presente dentro de ella.

Roma. Foto: Siobhan Ferguson

Roma. Foto: Siobhan Ferguson

En Roma, esa presencia queda contenida dentro de un mapa más pequeño. Las diferencias son incrementales, pero juntas forman un registro estratificado. Si regresas las veces suficientes, empiezas a intuir qué hora le sienta mejor a cada tramo, y en qué sitio encontrar sombra en verano o dónde se demora más la luz en invierno.

Una ruta repetida a lo largo de varias visitas se convierte en una especie de cartografía privada. La ciudad mantiene su contorno, pero tú aportas nuevas percepciones, un ritmo distinto o una mirada más serena. Incluso el estado de ánimo altera lo que es visible: una calle recorrida con prisas revela una versión de sí misma; esa misma calle caminada despacio, sin ningún otro lugar a donde ir, ofrece otra.

Tal vez sea por eso que las calles que nos resultan familiares nos atraen de nuevo. No porque prometan algo completamente nuevo, sino porque nos permiten medir el cambio con suavidad. Y así, el paseo continúa, no en busca de más, sino en un silencioso reconocimiento de lo que ha estado allí desde el principio.

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