Historias

Por qué tus instantáneas cotidianas importan (y cómo tomarlas con más consciencia)

Cuando un carrete lleno obligó a una escritora a hacer limpieza digital, descubrió que el valor real no está en las imágenes perfectas, sino en los momentos ordinarios

A woman with straight, dark hair and bangs, looking at the camera with a neutral expression. Blurred background.

Anita Chaudhuri

Redactora y fotógrafa

9 abr 20267 min

Por qué tus instantáneas cotidianas importan (y cómo tomarlas con más consciencia)
Por qué tus instantáneas cotidianas importan (y cómo tomarlas con más consciencia)

Recientemente, mi iPhone se quedó sin espacio de almacenamiento. Desconcertada, dado que mi dispositivo tiene una capacidad generosa, eché un vistazo más de cerca. Madre mía. Tenía, nada menos que 16.399 fotos, que ocupaban 32 GB de espacio.

La única solución era hacer una limpieza digital profunda. Sinceramente, esperaba que fuera una tarea tediosa. Pero al retroceder semanas, meses y años, me vi inmersa en una serie de momentos olvidados hace mucho tiempo. No me refiero a los eventos destacados, como bodas, vacaciones épicas o graduaciones. Esos sucesos ya estaban grabados vívidamente en mi imaginación.

Los momentos de los que hablo eran breves interludios dulces en días rutinarios en los que, aparentemente, no pasaba gran cosa. Al revisar las imágenes, me sentí inexplicablemente feliz. Esto no es de extrañar, ya que investigaciones realizadas por Fujifilm han revelado que mirar fotos antiguas induce un estado de felicidad y calma.

Disfruté volviendo a ver una foto borrosa de unas zapatillas de deporte lilas en un escaparate que le había enviado a mi mejor amiga, una fanática del color morado. Me hizo sentir más conectada con ella en ese instante, recordando su reacción de entusiasmo cuando, hace ya años, le envié la foto. Otra imagen mostraba a un antiguo compañero de trabajo posando bajo un mural callejero gracioso frente a nuestra oficina. No lo sabía entonces, pero sería la última vez que lo vería en diez años, porque poco después se mudó a Estados Unidos.

Esa es la cuestión de mirar fotos antiguas: nos ayudan a recordar los pequeños detalles que hacen que nuestros seres queridos sean tan especiales. También hay otros beneficios . Un estudio descubrió que mirar fotos personales aumentaba la autoestima de los niños. Para las generaciones mayores, revivir recuerdos felices a través de las fotos mejoraba la función cognitiva, elevaba el estado de ánimo y aumentaba el compromiso social. Las historias y recuerdos compartidos que se activan al mirar fotos antiguas pueden profundizar los vínculos emocionales. El estudio de Fujifilm descubrió que compartir fotos ayuda a las personas a mantener el contacto con sus amigos y a sentirse más cerca de sus seres queridos

Así es la vida, y la fotografía también: nunca sabes la importancia de un momento concreto hasta que cuentas con el beneficio de la perspectiva

La foto que realmente me impactó fue una de mi madre que no recuerdo haber tomado. Mi sobrino de cuatro años, rebosante de energía, también sale en el encuadre, cruzando la habitación a toda velocidad en un camión de bomberos rojo y amarillo. Me recordó lo exasperada que se ponía mi madre por la sirena ensordecedora del juguete. Recordé también cómo mi sobrino aumentaba el caos gritando de risa cada vez que sonaba. No tenía forma de saber que esa sería la última foto que le haría a mi madre. Aunque llevaba mucho tiempo delicada de salud, falleció de forma repentina solo tres semanas después.

Así es la vida, y la fotografía también: nunca sabes la importancia de un momento concreto hasta que cuentas con el beneficio de la perspectiva. Lo que aprendí al mirar estas fotos antiguas me pareció profundo. La fotografía no es solo un pasatiempo creativo; también ofrece la oportunidad de crear un archivo significativo de momentos cotidianos.

Si eso suena a misión imposible, no tiene por qué serlo. Limitar nuestra tendencia a hacer fotos y acumularlas sin sentido sería un buen comienzo. Se calcula que el 35 % de nosotros tenemos más de 20.000 fotos languideciendo en nuestros teléfonos. Aunque hacer fotos tiene muchos beneficios, hacer demasiadas puede molestar a los demás e interferir en el hecho de vivir el momento.

Una solución sostenible es adoptar un hábito de fotografía consciente. No hay por qué asustarse: esto no implica volverse totalmente zen y meditar en la cima de una montaña. En su forma más sencilla, la creación de imágenes consciente consiste en utilizar la cámara para crear una conexión vívida y atenta con el entorno. Se trata de establecer intenciones claras y observar el mundo con ojos que no juzguen antes de pulsar el disparador. No te obsesiones con encontrar temas «meritorios»: cualquier cosa que te arranque una sonrisa, desde tu taza favorita hasta el amanecer desde tu ventana o tu mascota durmiendo, es perfecta.

Cuando hice un curso de fotografía consciente de seis semanas, volvíamos a la misma pequeña plaza de Londres en cada sesión. La primera media hora la pasábamos sentados en silencio, observando lo que ocurría en nuestra mente y ante nuestros ojos. La fotografía consciente consiste en asimilar una escena utilizando todos los sentidos, no solo la vista, además de prestar atención a tu estado emocional. Después, nos daban 45 minutos para caminar por el espacio haciendo fotos, pero solo podíamos hacer cinco disparos.

Al bajar el ritmo y tomarme el tiempo para observar de forma sosegada, además del hecho de limitar el número de fotos que podía hacer, me olvidé por completo de buscar la perfección. Inmersa en el momento, abandoné los efectos sofisticados de la cámara. Este enfoque más intuitivo me llevó a crear imágenes que salían del corazón, en lugar de una mente sobrecargada de ideas procedentes de los muros de Instagram de otras personas. A menudo nos sentimos presionados a crear imágenes «perfectas» cuando, en realidad, documentar lo que es verdadero para ti en ese momento es mucho más valioso.

Las fotos antiguas que más atesoraba y que encontré en mi carrete eran las que nunca había compartido en redes. Eran peculiares, a veces aleatorias y solo tenían significado para mí

La segunda parte de la práctica consistía en imprimir nuestras 30 imágenes al final. Algunas personas hicieron un mural en la pared con sus fotos, disfrutando al revivir los momentos. Otros, como yo, hicimos un fotolibro que contaba la historia de nuestro viaje durante el curso. Añadimos también palabras, utilizando reflexiones sobre cómo nos sentíamos en aquel momento, fragmentos de diarios, poesía y letras de canciones.

Al mirar el libro hoy, me asombra lo vívidamente que aún puedo recordar aquellos momentos, y también cuántas cosas han cambiado desde entonces. Han quitado algunos arterres, la cafetería ha cerrado y han remodelado el pub de al lado. Mi fotolibro documenta un tiempo y un lugar que han avanzado, aunque en su día pareciera que se quedarían igual para siempre.

Para muchos de nosotros, el propósito principal de hacer fotos es compartirlas en redes sociales. Aunque esto puede ser genial para ayudarnos a sentirnos conectados con los demás, también puede alejarnos de documentar de forma auténtica a las personas, lugares y cosas que realmente nos importan. Fue revelador descubrir que las fotos antiguas más queridas que encontré en mi carrete eran las que nunca había compartido online. Eran peculiares, a veces aleatorias y solo tenían significado para mí. Por eso, dedicar tiempo a saborearlas hace que resulten aún más especiales.

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