Entre ellas estaba la fotografía de grupo con los más de 120 invitados de pie en la escalinata del palacio antes de que empezara el banquete. Noemi debió de pedirnos que gritáramos algo, porque todo el mundo se está riendo, a excepción de nuestro hijo, que parece al borde de una rabieta monumental. Hay gente de cada etapa de nuestras vidas: amigos de la guardería, del colegio, de la universidad y del trabajo, así como hermanos, tías, tíos, primos, abuelos, padrinos y padres. La madre de mi marido falleció no mucho antes de nuestra boda, así que no puedo decir que estuvieran presentes todos los que amábamos; pero la fotografía es la suma de toda nuestra gente, un registro visual del mundo que habíamos construido juntos.
Cuando miro esta imagen, me abruma la cantidad de personas que viajaron cientos de kilómetros para estar con nosotros ese día. Hay algo poderoso en la magnitud de la foto. Todas esas personas que nos importan a mi marido y a mí de un millón de formas, grandes y pequeñas, siendo cada una de ellas un personaje crucial en nuestra historia compartida. Hay una razón por la que la mayoría de las parejas acaban enmarcando su versión de esta toma. Muestra exactamente quién estaba allí en ese preciso instante del tiempo, un censo fotográfico de quiénes eran y quiénes son. Representa lo mejor de nosotros.