A pesar del ruido constante de autobuses, la ciudad resultaba sorprendentemente tranquila. La gente hablaba en voz baja, se movía sin prisa y atendía sus negocios con una calma natural. Fachadas con encanto y lugareños hospitalarios competían sutilmente por mi atención. Lo que más me cautivó fueron los colores. Entre los vendedores ambulantes, los azules celestes, los rosas suaves y los verdes intensos formaban una paleta en constante cambio que estaba decidida a capturar. Las conversaciones surgían con facilidad. Hablé con tantos residentes locales como pude, interesada por su trabajo y los oficios que sostienen la ciudad.
Un vendedor de pescado seco, rebosante de carisma, me explicó con entusiasmo la cadena de suministro que había detrás de todo el género apilado de suelo a techo a sus espaldas, junto con las mejores formas de prepararlo. Cuando terminó, posó orgulloso con un filete de primera categoría, animándome a seguir haciendo fotos. La amabilidad mostrada por los lugareños a medida que me movía de calle en calle hizo que explorar la ciudad fuera pan comido y me animó a adentrarme en todo barrio que me llamase la atención.