Igualmente mágica fue la granja Sterrekopje, que está escondida a las afueras de Franschhoek. Me alojé aquí durante tres noches, abriendo y cerrando mis días con paseos a la hora dorada por los jardines, cámara en mano. Cerdos, patos y gallinas campaban a sus anchas entre una asombrosa variedad de frutas, verduras, hierbas y flores; okras y plátanos crecían junto a coloridas zinnias y mantos de cosmos. Cada mañana, los equipos de la cocina y de la casa de baños paseaban con cestas tejidas y recolectaban ingredientes para la cena y hierbas para los tratamientos. Mi objetivo pasaba de los primeros planos de los productos a las vistas bañadas por el sol de las montañas circundantes.
Desde Sterrekopje, había un trayecto corto hasta el otro lado de Franschhoek, donde había un viñedo con alojamientos. En ese momento, el tiempo cambió a tormentas otoñales, obligándonos a mi cámara y a mí a resguardarnos en un sofá junto a la chimenea. Cada vez que la lluvia amainaba, me aventuraba a salir para capturar las montañas cubiertas de niebla y las vides que empezaban a amarillear. Una tarde paseé entre las cepas hacia la sala de catas, y probé tres de los vinos de la finca y me paseé por el jardín de esculturas.