Nunca fui de esas personas que visualizaban el día de su boda por adelantado. No tenía ideas claras sobre los vestidos, las flores o la música que quería. Pero dada mi pasión (u obsesión) por viajar, pensaba que si terminaba casándome, probablemente sería en una playa. Suponía que la persona con la que me casara amaría viajar tanto como yo y que, con suerte, le gustaría la idea. ¡Y, por fortuna, así fue!
Debo admitir que, en la vaguedad de esas imágenes en mi imaginación, pensaba que la playa sería en algún lugar cálido: cielos azules y aguas de un vívido verde azulado. Lo que no había imaginado era que acabaríamos casándonos en una extensión de arena salvaje y azotada por el viento en Escocia.
Nuestra fuga nupcial fue el resultado de que mi esposo Jon y yo buscáramos una forma íntima, discreta y económica de comprometernos antes de celebrarlo de una manera más grande y tradicional con amigos una semana después. En Inglaterra, legalmente no está permitido casarse si no es bajo un techo, así que decidimos conducir unas ocho horas hasta Escocia, donde pudimos celebrar una ceremonia humanista con solo nuestros fotógrafos como testigos. Lo que a nuestro lugar de celebración le faltaba de techo, le sobraba de paisaje. Nos decidimos por una playa apenas conocida en Dumfries y Galloway, a poca distancia de Gretna Green (donde la gente ha acudido para casarse durante siglos) pero sin estar en la propia localidad.
El plan era sencillo, básicamente porque no había uno: nada más que llegar con la marea baja e ir al pub después. Queríamos que fuera económico y destinar el presupuesto a un gran fotógrafo, sabiendo que estas serían imágenes que íbamos a admirar durante décadas.