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Crea un recuerdo conmigo: la sencilla belleza de fugarse para casarse

Un ramo silvestre, botas embarradas y votos leídos sobre la arena… la íntima boda escocesa de una pareja, y por qué tardaron siete años en imprimir las fotos

Hannah Summers

8 abr 20267 min

Crea un recuerdo conmigo: la sencilla belleza de fugarse para casarse
Crea un recuerdo conmigo: la sencilla belleza de fugarse para casarse

Nunca fui de esas personas que visualizaban el día de su boda por adelantado. No tenía ideas claras sobre los vestidos, las flores o la música que quería. Pero dada mi pasión (u obsesión) por viajar, pensaba que si terminaba casándome, probablemente sería en una playa. Suponía que la persona con la que me casara amaría viajar tanto como yo y que, con suerte, le gustaría la idea. ¡Y, por fortuna, así fue!

Debo admitir que, en la vaguedad de esas imágenes en mi imaginación, pensaba que la playa sería en algún lugar cálido: cielos azules y aguas de un vívido verde azulado. Lo que no había imaginado era que acabaríamos casándonos en una extensión de arena salvaje y azotada por el viento en Escocia.

Nuestra fuga nupcial fue el resultado de que mi esposo Jon y yo buscáramos una forma íntima, discreta y económica de comprometernos antes de celebrarlo de una manera más grande y tradicional con amigos una semana después. En Inglaterra, legalmente no está permitido casarse si no es bajo un techo, así que decidimos conducir unas ocho horas hasta Escocia, donde pudimos celebrar una ceremonia humanista con solo nuestros fotógrafos como testigos. Lo que a nuestro lugar de celebración le faltaba de techo, le sobraba de paisaje. Nos decidimos por una playa apenas conocida en Dumfries y Galloway, a poca distancia de Gretna Green (donde la gente ha acudido para casarse durante siglos) pero sin estar en la propia localidad.

El plan era sencillo, básicamente porque no había uno: nada más que llegar con la marea baja e ir al pub después. Queríamos que fuera económico y destinar el presupuesto a un gran fotógrafo, sabiendo que estas serían imágenes que íbamos a admirar durante décadas.

Inmortalizar nuestra boda soñada

Antes del día de la boda, tuvimos una breve charla con nuestros fotógrafos, un encantador equipo formado por una pareja que sugirieron acompañarnos durante las etapas de preparación en nuestro Airbnb. Desde allí, nos siguieron en coche hasta una floristería. Yo había llamado a la florista unos días antes y le pregunté si podía hacerme un «ramo grande y silvestre de follaje variado». La florista escuchó mi petición y creó algo aún mejor: un hermoso ramo de helechos con un toque de color coral, todo por unas 20 libras (todavía lo guardo en casa seco en un jarrón sobre nuestro mueble bar). Luego nos dirigimos al ayuntamiento para recoger la documentación y seguimos hasta la playa que nuestra increíble celebrante humanista, Lindsay, nos había sugerido.

Encontramos un recodo de arena mojada junto a la orilla. El viento azotaba mi vestido de lentejuelas y enredaba mi pelo y ambos entrecerrábamos los ojos ante la inesperada y deslumbrante luz solar de aquel día de octubre. La arena tenía el color de la melaza, las piedras eran de un gris acero y el mar tenía un tono moca.

Leímos nuestros votos, escritos por nosotros mismos, prometiéndonos amor incondicional en los momentos buenos y malos. Lindsay sugirió realizar el «handfasting», un ritual antiguo en el que las manos se atan con una cinta de tela, simbolizando la unión. También compartimos un trago de whisky, simbolizando la unidad y la confianza en los años venideros.

No les dimos ninguna indicación a nuestros fotógrafos, asumiendo que ellos eran los expertos y confiando en que capturarían algo que resultara romántico, alegre e íntimo al mismo tiempo. Se mantuvieron a cierta distancia y, cuando se acercaron en momentos puntuales, ni nos dimos cuenta.

Sabía que estaría satisfecha con las docenas de fotos en la playa que habían realizado, pero después de la ceremonia, propusieron de llevarnos a un par de escenarios diferentes. Firmamos los papeles oficiales apoyados en el maletero de su coche, con ellos actuando como testigos, antes de visitar varias localizaciones. Me alegro mucho de haberlo hecho: algunas de mis fotos favoritas son de nosotros sentados en un muro en este pequeño pueblo escocés (uno al que volvimos años después en una autocaravana), de pie en un bosque con sonrisas enormes, y más tarde apoyados de espaldas contra un faro, porque ¿quién podría resistirse a un faro? Después de despedirnos, nos dirigimos hasta un pub local frente al mar. Mientras Jon conducía, yo me hice un selfi del todo atípica, y ya luego llegaron un montón de fotos amateur de pintas de cerveza y pasteles de carne.

Por qué elegí Popsa

Después de aquello, crear un fotolibro de Popsa parecía la forma perfecta de tener un recuerdo físico de nuestra boda, con un álbum hermoso que pudiéramos guardar en nuestra mesita del café y no terminara guardado en una caja en el desván, inevitablemente arruinado por las goteras de nuestro tejado.

Opté por un formato de álbum de fotos limpio y sobrio que permitiera que la luz y el paisaje escocés hablaran por sí solos. Con Popsa, subir las imágenes llevó apenas unos minutos. A partir de ahí, preferí seleccionar unas pocas imágenes en lugar de amontonar muchas: fotos de la costa a página completa equilibradas con detalles pequeños e íntimos: nuestras manos unidas por la tela, el coral de mi ramo o las botas embarradas junto al fuego del pub. Lo organicé cronológicamente, desde los tranquilos preparativos de la mañana hasta los votos bajo el viento y las pintas al anochecer, dándole a la historia un ritmo natural. Verlo impreso le dio al día otra dimensión y un grado de permanencia distinto: más que un momento fugaz parecía un capítulo duradero.

Hacer que la magia perdure

A menudo (con demasiada frecuencia, de hecho) me siento bastante culpable por tener tantos recuerdos especiales atrapados en mi teléfono o en la nube. Esto no solo me impide ver y volver a apreciar los grandes y pequeños momentos de mi vida, sino que también significa que, cuando vuelvo a mirarlos, lo hago pasando aún más tiempo pegada al teléfono, algo que estoy intentando evitar.

Y aunque tanto mi marido como yo guardamos los recuerdos de ese día en nuestras mentes, el hecho de que las fotos estuvieran guardadas en nuestros ordenadores y teléfonos, significaba que nunca las habíamos disfrutado de nuevo juntos. De hecho, nunca habíamos visto estas fotos en otro lugar que no fuera una pantalla. Entre el trabajo, las mudanzas y los niños, los años transcurridos desde el día de nuestra boda han pasado a la velocidad de la luz. Nos encanta poder recuperar ese día en el que la vida juntos apenas comenzaba.

Crear un fotolibro (aunque sea casi siete años después de nuestra escapada nupcial) me ha quitado un gran peso de encima; imprimir las fotos siempre me había parecido una tarea tan abrumadora que pasé casi una década postergándola. Tener un proceso tan fácil para cargar las fotos y un resultado hermoso y táctil me ha liberado de algo que, lamentablemente, empezaba a sentir como una carga, y me ha animado a hacer lo mismo con muchos más momentos de mi vida. Tengo el presentimiento de que podría convertirse en algo bastante adictivo.

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