Historias
La foto que me cambió: el día que aprendí a querer mi piel
Cómo una sesión fotográfica transformó la forma en que Natalie Ambersley, redactora y promotora de la autoestima corporal, se veía a sí misma


Historias
Cómo una sesión fotográfica transformó la forma en que Natalie Ambersley, redactora y promotora de la autoestima corporal, se veía a sí misma


Me puse delante de la cámara y me rendí por completo a la intensidad de los flashes mientras la fotógrafa me indicaba que me moviera lentamente para poder capturar mi piel con todo detalle. Era enero de 2020 y todavía no me creía que había viajado a Ámsterdam desde Londres para un proyecto fotográfico centrado por completo en el vitiligo con la fotógrafa Elisabeth van Aalderen. Para mí, este fue un momento de profunda liberación y aceptación, ya que 10 años antes, mi piel era mi secreto más bien guardado. Me avergonzaba y dolía admitir que mi piel me hacía distinta.
Siempre había estado muy acomplejada con mi cuerpo. He vivido con el vitiligo, una enfermedad de la piel que da lugar a áreas blancas en la piel debido a la falta de melanina. Llevo viviendo con ella desde que tenía tres años. De pequeña, nunca comprendí que era diferente, ya que mi inocencia me hacía pensar que todas las personas eran iguales. No entendía que la gente percibiera de forma negativa las diferencias en el aspecto de las personas.
Cuando era pequeña, no entendía que la gente percibiera de forma negativa las diferencias en el aspecto de las personas.
Natalie fotografiada en el estudio de Elisabeth van Aalderen
Mis años de adolescencia fueron los más difíciles, especialmente al empezar el instituto. Tener que hacer amistades mientras era hipersensible al hecho de ser distinta hizo que me sintiera muy cohibida y tuviera muy poca autoestima. La enfermedad afectó profundamente mi capacidad para participar en las actividades del día a día en secundaria, como la natación y las clases de Educación Física, porque me sentía incómoda con que los demás vieran mi piel. El verano era el momento del año que más temía, porque no podía llevar prendas frescas como el resto de mis amistades. Cada año me preguntaban por qué no llevaba pantalones cortos para no pasar calor y respondía que ese día no me apetecía... aunque el motivo real era mi inseguridad y el hecho de que no tenía el mismo aspecto que los demás.
Evitaba las preguntas sobre mi piel porque no sabía como responderlas. «¿Qué es esto que tienes en la piel?» o «¿Naciste con esto?» eran las preguntas más habituales, seguidas de otras más intrusivas como «¿Te has quemado en un incendio?» o «¿Es contagioso?». Enrojecía con cada pregunta, lo que hacía que todavía odiara más mi piel. Durante muchos años, hice todo lo que pude para ocultarla: usaba mucho maquillaje denso y autobronceador, y aunque a menudo daba el pego, mentalmente, vivir con una enfermedad tan visible era agotador.
Mi primera etapa adulta fue igualmente difícil, especialmente en lo referente a las citas, porque me parecía imposible que alguien se enamorase de una persona con vitiligo. A menudo me preguntaba por qué iba alguien a sentir atracción por alguien con mi piel. Las cosas pasaron a ser más fáciles cuando descubrí las redes sociales y empecé a conectar con otras personas como yo. Encontrar personas que comprendían la complejidad de mi situación y todos esos momentos difíciles me hizo darme cuenta de que no estaba sola.
Las cosas pasaron a ser más fáciles cuando descubrí las redes sociales y empecé a conectar con otras personas como yo. Me di cuenta de que no estaba sola.
Recuerdo sentir un frío particularmente intenso al aterrizar en el aeropuerto de Schiphol. Estaba impaciente por ir directa al estudio, no solo para huir del frío sino porque sentía una mezcla de emoción y ansiedad por lo que estaba por venir. El estudio en sí, en una callejuela que salía de Javastraat, era pequeño pero acogedor, con las habituales paredes de color blanco y grandes ventanales que ofrecían mucha luz natural que inundaba el lugar.
Cuando vi el moodboard de la fotógrafa, sentí al instante una conexión con el porqué estaba allí. En dicho panel, se mostraba su visión de todo el proyecto: una mezcla de planos de cerca y planos largos de partes del cuerpo, capturadas desde distintos ángulos y rebosantes de feminidad. Cada imagen tenía el mismo propósito: mostrar la belleza de la piel afectada por el vitiligo. Sentía que iba a ser un momento de expresión muy potente.
Para mí, esa no era la primera sesión fotográfica centrada en mi piel. De hecho, había participado en muchas, pero había algo especial en esta que me hacía sentir que sería diferente. La sensación de que las fotos serían directas, sin retoques ni filtros, y que cada captura se centraría de forma intencionada en mi piel. La piel que en su momento detesté se había convertido en una especie de elemento de fascinación en los últimos años, ya que varios fotógrafos habían mostrado interés en capturarla de forma que resaltase mi belleza única.
Cada imagen tenía el mismo propósito: mostrar la belleza de la piel afectada por el vitiligo.
La fotógrafa Elisabeth van Aalderen capturó la belleza del vitiligo de Natalie
El proyecto fotográfico implicaba que tendría que vestir ligera: ropa interior elegante pero atlética de color rosado. Dar el paso de vivir la mayor parte de mi vida ocultando mi piel, esforzándome para que no la vieran, a llevar tan poca ropa en un espacio extraño me hizo sentir nerviosa.
Durante un instante incluso me planteé si estaba haciendo lo correcto. ¿Qué pasa si las imágenes acaban en la prensa? ¿Qué dirán mis compañeros de trabajo si las ven? Y lo más difícil de todo: ¿cómo me sentiré si alguien las cuelga en Internet y se ríen de mí? Incluso con todo ese vendaval de pensamientos, no me detuve, porque sabía que ese era el momento en que podía dar, por fin, un paso adelante. La cosa no iba de vanidad, sino de empoderarme a mí misma y a otras personas, y mostrar que en la vulnerabilidad hay fuerza.
Para la sesión, me dejé el pelo al natural y usé poco maquillaje para facilitar que surgiera la visión de la fotógrafa. Mechones suaves y rizados enmarcaban mi cara, cubierta solo por una base de maquillaje muy suave y colorete, y mis labios lucían su color natural, que resaltaba de forma sutil mis rasgos. Cuando llegó el momento de ponerme frente a la cámara, me dije: «Tú puedes». Y tras un momento con mis pensamientos, avancé hacia el escenario y entré en mi personaje mientras oía clics de cámara en rápida sucesión.
La cosa no iba de vanidad, sino de empoderarme a mí misma y a otras personas, y de mostrar que en la vulnerabilidad hay fuerza.
Cuando finalmente recibí en mi correo electrónico las imágenes, sentí de nuevo una mezcla de emoción y ansiedad, preguntándome cómo habrían quedado. ¿Y si no me gustaban? ¿Qué pasaría si la versión de mi piel que iba a ver no coincidía con la sensación de empoderamiento que había experimentado ese día?
Hice clic para abrir la primera imagen y la estudié en detalle. Mis brazos, que se elevaban suavemente por encima de mi cabeza; mis increíbles pómulos; mi postura de bailarina, y las formaciones de puntos blancos en mis brazos me hicieron darme cuenta de que algo había cambiado. No me estaba viendo a mí misma como alguien distinta, como siempre había hecho. No miraba mi piel con inseguridad ni disgusto. En su lugar, veía a una mujer fuerte que era ella misma sin pedir permiso a nadie y que era capaz de inspirar a los demás con su valentía. Me sentí orgullosa porque finalmente veía belleza en lo que en el pasado había ocultado. Sin ediciones ni retoques: sencillamente alguien que era más que suficiente siendo ella misma.