La periodista, autora y podcastera norteamericana Linda Rodriguez McRobbie ha construido su carrera explorando las curiosidades de la ciencia, la historia y la naturaleza humana. En la actualidad vive en Inglaterra y continúa revelando lo extraordinario del día a día.
Cuando nacieron nuestros niños, mi esposo y yo teníamos muchas ideas serias sobre la clase de tradiciones que queríamos crear como familia. Algunas de ellas eran el tipo de cosas que piensas antes de darte de bruces con la realidad de ser padres, como limitar el número de regalos de cumpleaños a tres (uno de cada progenitor y uno nuestro) y nada de plástico.
Esas ideas cayeron espectacularmente pronto. Y ahora que nuestro hijo mayor tiene 14 años, realmente solo quiere dinero. Pero hay una tradición que ha sobrevivido no solo a la desafección adolescente, sino también al atractivo brillante del consumismo, el fastidio de la pandemia e incluso la fuerza gravitatoria de la procrastinación.
Mi marido dice que fue a él quien se le ocurrió la idea y yo creo que fue a mí, pero el hecho es que ambos queríamos crear un calendario de Adviento navideño hecho en casa. Lo pospusimos un poco mientras nuestro primer hijo era demasiado pequeño para entender de qué iba la cosa, pero cuando cumplió los tres años, teníamos muy claro que necesitábamos empezar algo antes de que recurriéramos a tirar del típico calendario de chocolate. Sabíamos que no queríamos ni dulces ni juguetes, sino algo simple, una tradición fácil que pudiéramos repetir cada año, pero que tuviera sentido.
También estábamos atrapados por una manía que ha afectado a todos los padres desde el ascenso de la fotografía digital: teníamos más fotos de nuestro hijo en sus primeros tres años de vida que las que tenemos de cada uno de nosotros, sin lugar a dudas. Esta situación solo se ha agravado con el nacimiento de nuestro segundo hijo, cuya llegada el año pasado ha propiciado un crecimiento exponencial del número de fotos en mi teléfono. Empecé a imprimir fotos cuadradas por lotes, a colgarlas de un cordel como decoraciones de recuerdo por toda la casa, a ponerlas en los estantes o a usarlas como puntos de libro.
Queríamos algo simple, una tradición fácil que pudiéramos repetir cada año, pero que tuviera sentido
Así que el siguiente paso lógico era crear un calendario de Adviento fotográfico. Al fin y al cabo, realmente no importa de quién fue la idea (aunque fue mía, claro). Como la mayoría de las cosas buenas que seguimos haciendo, construimos juntos esta tradición hasta que se convirtió en algo nuestro. Cada día, nuestros hijos hacen turnos para abrir un sobre numerado con una foto del año anterior. Luego, la colocan en un árbol de Navidad especial y, al final del periodo de Adviento, tenemos un collage de todas las cosas que hemos hecho, de los lugares donde hemos ido y de cómo hemos crecido.
El primer árbol que tuvimos era un trozo de cartón con forma de árbol y pintado de verde con pinturas de la caja de manualidades de los niños y cubierto de lucecitas de navidad. Los primeros sobres que usamos eran bolsas de papel a rayas para dulces que compré en el bazar que tenemos cerca de casa. La primera imagen que mi hijo pegó con cinta en el árbol de cartón (la pegó con cuidado en el centro exacto del árbol y luego la pinchó con un palo) era, de hecho, una foto de una foto. Era una impresión cuadrada en la que yo sostenía una foto de recuerdo de ese verano, cuando la empresa de transporte metropolitano de Londres habilitó un espacio para ver el Tour de Francia en St James Park. Los cuatro nos pusimos en una bici estática ante un fondo de un pelotón de ciclistas en el último sprint. La imagen era una de nuestras preferidas, una de las pocas que teníamos los cuatro juntos.
La mañana de Navidad, esa foto estaba acompañada de otras 24 procedentes de nuestro gran viaje de seis semanas por Estados Unidos para ir a dos bodas y ver a todos nuestros amigos y familia por el camino; de la primera vez en bici de nuestro hijo mayor (y un brazo de su tío, que lo sostenía para que no cayera); de siestas de bebés y gatos, y de guerras de agua en el jardín. Ese primer año, me costó limitar las fotos a 25. De hecho, no lo logré, y puse dos o tres fotos en cada sobre diciéndole a mi marido: «No te preocupes, ya decidiremos cuál colgamos en el árbol» (lo que funcionó tan bien como puedes imaginar).
Ese primer año probamos la idea y a lo largo de los siguientes la mejoramos. Acordamos usar impresiones de cuadrados pequeños y yo compré un montón de sobres rojos y verdes que se ajustaban a la perfección. Mi marido hizo un árbol de madera plano, lo pintó de blanco y lo montó en un soporte con pinzas aquí y allá para colgar las fotos. Para resolver el problema que suponía tener 25 días y dos niños que se los tenían que repartir, decidimos que el último día no sería una foto, sino una estrella dorada para poner en la punta del árbol. Después de Navidad, el árbol se guarda y pegamos las fotos en un álbum.
Para resolver el problema que suponía tener 25 días y dos niños que se los tenían que repartir, decidimos que el último día no sería una foto, sino una estrella dorada para poner en la punta del árbol
Ha habido años en que he tenido que correr a última hora para imprimir las fotos a tiempo. El año pasado no lo logré, y tuvimos que empezar con el calendario una semana tarde. Otros años nos hemos doblegado ante la presión del lobby chocolatero (¡esa soy yo!) y hemos incorporado algunos bombones en los calendarios de Adviento. Hace unos años, incluso relajamos la prohibición de juguetes porque ese calendario de Lego de Star Wars era irresistible.
Los recuerdos de las fotos no son exclusivamente felices. En algunas salen animales de compañía que murieron, vacaciones con discusiones, momentos de fracaso (como el perrito caliente de consolación que me comí tras no acabar una carrera de natación para la que me había preparado durante meses). Ahora que mis hijos se han hecho mayores, nuestra colección fotográfica es casi agridulce, ya que muestra cuánto han crecido y lo que se han alejado de nosotros en apenas un año.
Lo que no ha cambiado es la alegría de recordar, incluso épocas difíciles. Las fotos de Adviento cuentan la historia de un año, los altos y los bajos, y nos recuerdan que suceda lo que suceda, seguimos juntos. Que no solo nos queremos los unos a los otros, sino que incluso nos gusta pasar tiempo juntos. Y ese es un regalo navideño fantástico.







