Viajes
Frailecillos, paz y pedaleos en solitario: la escapada de una fotógrafa a las Hébridas
Un mes a solas en un rincón remoto llevó a la fotógrafa Liz Seabrook a una quietud inesperada, a una belleza salvaje... y a encontrarse a sí misma


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Un mes a solas en un rincón remoto llevó a la fotógrafa Liz Seabrook a una quietud inesperada, a una belleza salvaje... y a encontrarse a sí misma


Muchos soñamos con dejar atrás la rutina y desaparecer en algún lugar tranquilo y apartado. Para Liz Seabrook, fotógrafa afincada en Londres, ese deseo se hizo realidad cuando se tomó un mes entero para recorrer en bici las Hébridas, en Escocia. A menudo acampaba al aire libre, y seguía el camino según le dictaba el momento.
Para una fotógrafa que suele centrar su trabajo en las personas, estar tan alejada y pasar tanto tiempo sola supuso un verdadero cambio con respecto a lo habitual. «Me gusta tener una excusa para mirar el mundo de otra persona y ver cómo funciona y cómo viven los demás. Creo que suelo contar historias de otras personas, no creo que mi historia aparezca mucho en todo eso. Salvo en este viaje, que fui solo yo, conmigo misma, durante un mes».
La experiencia resultó mucho menos estructurada de lo que ella misma había previsto. Al principio pensó que conocería gente por el camino y que podría retratarlos. Pero al final no fue así: en lugar de eso, se volcó en algo mucho más parecido a un diario con su cámara.
«Empecé convencida de que haría retratos de todas las personas que me encontrara. Pero no lo hice. Simplemente no me apetecía», cuenta. Apenas coincidió con otros viajeros, y cuando lo hizo, eligió no romper el hechizo de ese instante con una foto.
Foto: Liz Seabrook
Foto: Liz Seabrook
Foto: Liz Seabrook
Foto: Liz Seabrook
Foto: Liz Seabrook
Foto: Liz Seabrook
Al final, lo que creó con su cámara fue una especie de «diario visual». Registró los lugares por donde pasó, lo que vio y aquello que le llamó la atención. «Fue un pequeño reto», admite. «No tenía muy claro en qué pensaba. Avanzaba y decidí fotografiar el paisaje, lo que veía, lo que hacía. Todo fue muy libre, sin estructura. Suelo darle muchas vueltas a todo. Esto me pareció casi como escribir en automático».
En ese viaje descubrió paisajes intactos y casi vacíos, donde los animales se movían con total libertad. Uno de los momentos más memorables fue ver frailecillos en su hábitat. «Están por todas partes. Caminan como señores mayores, con las manos a la espalda, y luego se meten de nuevo en sus agujeros en el suelo».
Foto: Liz Seabrook
Foto: Liz Seabrook
Foto: Liz Seabrook
Foto: Liz Seabrook
Foto: Liz Seabrook
Foto: Liz Seabrook
En Skye, donde pasó varios días, Seabrook pudo asentarse con calma y explorar el valle de Glen Sligachan. «Ahí sí sentí el espacio de otra forma», cuenta. Según ella, es un lugar perfecto para quien viaja solo y busca «espacio, un respiro, un sitio para caminar, nadar y simplemente estar». El agua es cristalina, aunque un poco fría. «Hay zonas donde te asomas y puedes ver el fondo con claridad, hasta tres metros hacia abajo».
Otra de sus fotos favoritas surgió al llegar al extremo de la isla. Vio una verja abierta que daba a un campo atravesado por un sendero. Siguió ese impulso y la curiosidad la llevó hasta una playa de arena blanca, con olas suaves. «Pensé: ¿me he muerto? ¿Esto es el cielo? Era simplemente perfecto».
Foto: Liz Seabrook
Foto: Liz Seabrook
Foto: Liz Seabrook
Foto: Liz Seabrook
Foto: Liz Seabrook
Foto: Liz Seabrook
Foto: Liz Seabrook
Foto: Liz Seabrook
Foto: Liz Seabrook
Durante la mayor parte del viaje, Seabrook se movió en bicicleta, aunque al mirar atrás piensa que quizá pasó por algunos lugares demasiado deprisa. «Un pueblo pequeño del interior se queda atrás en cinco minutos. Por eso hay una parte de mí que quiere volver y recorrer a pie la Hebridean Way, el sendero que atraviesa el archipiélago. Ir más despacio, conectar más».
Mientras planea esa posible vuelta, anima a otras personas a hacer lo mismo, sobre todo a mujeres que viajan solas. «Es un lugar súper seguro. Y si sientes que quieres hacerlo, hazlo. No te preocupes. Yo dejaba la bici apoyada en cualquier señal, con toda la carga, tienda, electrónica… y nadie jamás tocó nada».