La neurociencia lleva desde la década de los 60 investigando la forma en que las necesidades psicológicas de los humanos quedan cubiertas por los refugios que eligen. Todos tenemos deseos primitivos: sentirnos seguros y protegidos, disponer de un fuego para calentarnos y cocinar, o tener privacidad para dormir. Según los expertos, nos gusta tener una ventana con vistas (para saber dónde estamos), esquinas redondeadas en lugar de cuadradas (para reducir la ansiedad y hacernos sentir más seguros) y paredes detrás de nuestras espaldas cuando cocinamos o comemos, preferiblemente con vistas a la sala (nos gusta protegernos las espaldas y somos naturalmente sociables). Los suelos de madera nos anclan, los techos altos nos dan espacio para la reflexión y el diseño minimalista nos deja fríos y nos estresa.
La neuroestética (una mezcla de neurociencia y diseño) estudia la respuesta del cerebro a distintos espacios. Sus principales teóricos creen que la belleza, sea arte o naturaleza, no es un lujo sino una necesidad que mejora nuestro bienestar y rendimiento cognitivo. El profesor John Zeisel es el fundador de la I’m Still Here Foundation y experto en Alzheimer y en el efecto que pueden tener los entornos físicos en sus síntomas. Según explica, nuestros cerebros tienen una conexión emocional con el hecho de estar en casa. Al ver un entorno que nos resulta familiar y seguro, y que tiene el potencial de generarnos placer, nuestra mente descansa y entra en modo de relajación. «El hogar es el lugar donde el cerebro tiene que pensar menos», indica Zeisel. «Cuando estamos en casa, liberamos una endorfina, así que necesitamos diseñar hogares para liberar ese neurotransmisor».
Es indudable que hay algo enormemente reconfortante en crear un hogar. De niña, me encantaba reorganizar mi habitación, mover los muebles y colocar los accesorios de capullos de rosa de Marks & Spencer. Cuando visitábamos la vieja casa de mi abuela en Irlanda, me dormía pensando en cómo la organizaría si fuese mía.